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¿Se puede frenar el gasto militar?

Written by Pere Ortega on . Posted in Economia de defensa

Pere Ortega - Annual Report 2016-2017, IGADI, Instituto Galego de Analise e Documentación Internacional - Publicado en enero de 2017

El gasto militar mundial en el año 2015, según el SIPRI, fue de 1,76 billones de dólares, un 2,3 del PIB mundial. Sin duda una cuantía considerable que, desde 2009, debido a dos causas ha empezado a disminuir. Una, por la llegada de la crisis de finales de 2007, que afectó en especial a Estados Unidos y a Europa occidental quienes aplicaron planes de ajuste en sus presupuestos que afectaron al gasto militar; y por otro, el cambio de orientación geoestratégica en la política de EEUU y sus aliados tras la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, que redujo el belicismo e intervenciones en el exterior de la primera década del Siglo XXI llevadas a cabo tras los atentados del 11-S de 2001, que condujeron a las guerras en Afganistán e Irak que impulsó al alza el gasto militar mundial.

Estos dos hechos imprimieron un cambio de tendencia en el gasto militar mundial. En el año 2009, el gasto militar representaba el 2,7% del PIB mundial, en 2015 era del 2,3%. Así el gasto militar, en valores constantes ha disminuido. Por ejemplo, en EEUU, el gasto militar descendió en 162.520 millones de $, un 21% hasta 2015; mientras que en estos mismos años los países europeos miembros de la OTAN rebajaron su presupuesto militar en 50.000 millones de $, un 16%. Aunque, todo es relativo, en esos mismos años las otras dos grandes potencias China y Rusia, han continuado aumentado su gasto militar. China lo hizo en un 88%, 100.958 millones de $; y Rusia, en el mismo período lo aumentaba en 34.148 millones de $, un 54%; mientras que el resto de BRICS han estabilizado su gasto militar sin aumentos notables. En cambio, los países de Oriente Medio, la región con más conflictos abiertos, aumentaron su gasto militar en 51.000 millones de $, un 39% en esa misma etapa.

Las razones que han empujado a Rusia y China a ese aumento se explican, en la caso de Rusia, porque tras el colapso de la URSS había perdido su capacidad de mantenerse como potencia, lo cual quedó subsanado con la subida del precio de los hidrocarburos en la década del 2000, que le permitió modernizar sus fuerzas armadas para recuperar su influencia geopolítica y frenar la expansión de la OTAN frente a sus fronteras en Europa, de ahí sus intervenciones en Georgia, luego en Ucrania o su implicación en la guerra de Siria. Mientras que China, con un ejército de 3 millones de soldados mal equipados, se dedicó a reconvertir y modernizar sus fuerzas armadas, no con la intención de competir con EEUU o Rusia por la hegemonía mundial, pero sí para ejercer un mayor control sobre la zona de influencia surasiática donde EEUU también estaba reforzando su presencia militar, con el interés de proteger las rutas marítimas por donde fluyen las materias primas y recursos para su desarrollo económico. De ahí que sus inversiones militares, en especial, vayan destinadas a modernizar su armada.

A pesar de la incertidumbre que genera la elección de Donald Trump como presidente de EEUU y hacia dónde puede derivar la geopolítica internacional respecto a los conflictos existentes en el mundo y en cómo eso puede afectar al gasto militar. No se debe perder la esperanza de continuar con la dinámica de reducir ese enorme gasto militar actual de 1,76 billones y reinvertirlo en desarrollo humano. Esta es una  aspiración expresada hace 25 años en el segundo Informe de Desarrollo Humano (PNUD) de 1991, que señalaba entonces, que tras finalizar la Guerra Fría, el gasto militar mundial aquel año descendía en 200.000 millones de $, a los que denominaba como dividendos de paz, y destinando entre un 3% o el 4% del total de gasto anual de entonces, que representaban 50.000 millones de $ a ayuda al desarrollo se podrían eliminar, a la vuelta de diez años, las enormes desigualdades existentes en el mundo.

Es decir, que la voluntad expresada en el PNUD de 1991, hoy, con el gasto militar mundial actual y aplicando una disminución similar de un 3% anual y destinándola al desarrollo humano de los países empobrecidos se dispondría de algo más de 50.000 millones para paliar las desigualdades más perentorias de los países empobrecidos, en especial el hambre y desarrollar una educación y sanidad suficientes como para que sus economías mejoraran.

Si la crisis económica y la disminución del belicismo han permitido un ahorro en los gastos de defensa. Tan solo se debería de persistir en ese mismo camino, en especial cambiando las políticas que las potencias llevan a cabo en Oriente Medio, llevando a cabo acciones encaminadas para acabar con los muchos conflictos existentes mediante el mejor de los recursos que se conoce, el dialogo y la negociación entre todos los países y actores implicados. Ese camino permitiría persistir en el ahorro en defensa, que siempre se traduce en una reducción en la adquisición de armamentos o en el número de efectivos militares que, en lugar de destinarlo íntegramente a reducir el déficit y la deuda pública, como ha ocurrido estos años, una parte del ahorro se destine a desarrollo humano, que sin duda contribuiría a reducir las violencias estructurales y culturales, las que hacen posible la aparición de las violencias que tienen en la guerra su máxima perversión. Entonces, y como en tanta otras cosas, esa posibilidad existe y tan sólo es cuestión de voluntad política por parte de los gobiernos.

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